Sufragista.

Publicado: 20/11/2017 de bocadecenicero en Opinión

Nuestros líderes occidentalistas son víctimas falsas de la flaqueza; al amparo de esta premisa, niegan la entrega de nuestro soma correspondiente (y así concretar de una cochina vez la democracia feliz), hay que conformarse con opciones heterodoxas, bancarse una tarde triste, esperando los resultados de las elecciones presidenciales, viendo los horrores de la guerra en Irán. Ideal para quedar con paranoia extrema y hostilidad de vejiga.

Una formula explosiva, dramática, sin aparente conexión. Ver lo que le pasó a ellos en medio de un decisivo sufragio nacional, dejan imprudentes apetencias sobre ir a colgarse al granero.

Persepolis

Marjane, si nos ponemos a buscar su intención (intención de prepa o instituto con clase lingüística pseudo estimulante), nos quería comunicar las vivencias desde el punto de vista de una joven con leves prerrogativas contextuales, porque hablar de privilegios sería una tontería (como muchas cosas, pero no importa). Sobreviviente de una revolución y posterior guerra, su aporte a un mejor vivir pasó por el bello arte de destapar la Historia, para que las futuras generaciones no hagan la misma idiotez que los ancestros deshonrosos que pudieron hacer mucho por quién sea y prefirieron reinar vendiendo petróleo a Inglaterra. Un clásico.

Para cuando el Shah ya se había ido, en el desconsolado  día a día ya teníamos una visión clara de quien ostentaba tal o cual voto, con esos malditos gráficos.

La desesperanza es la tónica inmortal de quienes nacen en la mierda. La madre de Marjane, a las puertas de un mañana prometedor, en una revolución que funcionó, dice que no podría haber algo peor que el Shah. Un rayo a lo Metropolis irrumpe en el seno de cualquier sublevación, interpretarle es un ultimátum, las advertencias de tormentas para los señores Wayne (around the world), son una burda pulga en la oreja. O eres un paraíso inmigratorio de una economía creciente con gente más bruta por cada generación parida, o te gobiernan los ayatolas y te chantas un hijab rezando porque en otro estado del alma, no se te ocurra aparecer del lado equivocado.

Cualquier certidumbre combate las vacilaciones. Si hay un presidente que se merecen nuestros consocios compatriotas, es el quien se dice que va a ganar. Un discurso turbador que caló profundo en los mal estimulados cerebros que están convencidos de que robar descaradamente al vulgo estúpido es un signo irrevocable de inteligencia y digno de admiración.

¿Alguna otra bobería que escribir?

No.

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Algo que escuchar Nº119: El sábado no se almuerza.

Publicado: 18/11/2017 de bocadecenicero en Algo que escuchar
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Aprovechando la travesía ectoplásmica con el fantasma de Cher y Dionne, porque somos jóvenes, bellos y no nos importa lo que los políticos maestros digan. Fuimos injustos con Carrietta White, la sociedad entera le falló. Y nos liberamos un día del absolutismo apetitoso, que nos obliga a pegar las nalgas en la tierra (unas tres veces al día, en promedio). La insurrección de mantener la boca cerrada ante la inseminación alimenticia, o la desobediencia incoherente, huérfana de un todopoderoso paternalista argumento inflado a pura dialéctica. De cualquier forma estás maldito. Los privilegiados abandonaron a Carrie, y por eso debería matarnos.

Test.

Publicado: 09/11/2017 de bocadecenicero en Random

¿Padece usted de fascismo?

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Frase #89

Publicado: 08/11/2017 de bocadecenicero en Frases
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Lo realmente perturbador de los adivinos y sus derivaciones (a propósito de un candente enfrentón ideológico), es la espectral  certeza que poseen sobre el pasado, o peor aún, sobre el futuro. La certidumbre de creer saber el devenir, anula cualquier esperanza sobre el cambio (para lo que sea); los destinos irrevocables nos asechan, pesadillas purulentas que llenan de abscesos la mente, filtran pus por cada orificio que conecta con la realidad.

Así que, para continuar la pelea (con adversarios ausentes), apoyando el lado de los ociosos, nos quedamos con la loca elocuente aristócrata inglesa, que si bien le podríamos cuestionar mil acontecimientos (que son un defecto de contexto), le reconocemos la genialidad en sus invitaciones a la nada. El vacío de pronto no es la cavidad carente de universo, sino la fe en el caos, con conspiración judaica incluida, algo así como el patrón no patrón del pi, y eso es lo mejor que nos podría pasar al mirar hacia adelante, creo.

“El futuro es oscuro, que es, en general, lo mejor que le futuro puede ser, creo.”

-Diarios 1915-1930, Virginia Woolf

Algo que escuchar Nº118: In coelum.

Publicado: 04/11/2017 de bocadecenicero en Algo que escuchar
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Un viejo muere. Los viejos mueren, o van a morir; certeza. El viejo murió por primera vez, y el chiste se repite hasta perder la gracia. Nunca antes había muerto. Murió hoy, y creen que le enterrarán mañana. Por la noche se le velará. No es seguro de que le entierren mañana, pues las semillas de su estirpe cayeron en los extremos del país, y necesitan llegar a verle mientras le echan tierra encima, asegurándose un puesto en las ceremonias de los vivos, en primera fila para testificar que el octogenario se quede bajo tierra (sería suficiente con cortarle el taco al zapato, o guardarlo en el cajón a pies pelados; pero no).

Una dama ingenua (o de las que se creen ingenuas), observa a la concurrencia y pregunta por el aplazo del entierro. Si el caballero murió hoy, ¿ya llegó al reino de los cielos, gobernado por el Padre que se adjudica el milagro de la creación sin parir? Un hombre sabio (o de los que se creen sabios), sentencia un rotundo No. No ha llegado aún, debe estar enredado en la burocracia del más allá, en su juicio final, discutiendo con Pedro los pecados en vida, haciendo la hora con Virgilio mientras los vivos encomiendan su alma al lado de los ganadores. ¿Y si queda atrapado en la Tierra? La pregunta incomoda, reflexionando al vacío. De eso no hay preocuparse, anuncia una vieja con muchas lunas en sus ojos. Cuando nos visite el Papa en enero, dijo, todas las almas serán perdonadas y subirán. Sí o sí.

Se retroceden dos pasos.

Así que… nos quedamos con una pequeña reflexión españolísima, alegría musical para una mañana nublada, con quejas sobre el papado, sus visitas y blablablá. Si algo nos ha enseñado el capitalismo, es que la fe sí mueve montañas, y a ver si se juntan los cuatro mil millones para enviarnos a todos con boleto de primera clase a la gloria, de una maldita vez.

El cepillo de dientes no se comparte.

Publicado: 18/10/2017 de bocadecenicero en Historias de interés

El cepillo de dientes no se comparte. Es personal. Ni los desodorantes, ni los aros. Ningún artilugio necesario (de nuestra burguesa existencia). Así, más o menos, lo sentenciaba una lejana docente de mis días descubriendo lo básico de la cotidianidad. No lo olvido. Sus clases de higiene personal las impartía con devoción, gustaba moldear a los pequeños humanos a imagen (o semejanza) de la civilidad del jabón, totalitarismos del champú, democratización de la pulcritud lavando a diario la esencia animal.

Sostenía la osamenta de una sonrisa sin labios, muelas de dos pulgadas, articulada por vertebras metálicas, con un cepillo de unas veinte pulgadas de largo, masajeaba y explicaba el exterminio devoto de las bacterias, la ladera oculta tras los incisivos, misterio bajo la lengua, olvido de un paladar infeccioso. Y el cepillo no se comparte.

–  ¿No lo has compartido jamás? –. Me pregunta, cual amenaza de muerte. No respondo. Lo pienso. Recuerdo a la maestra. Sus palabras me interrumpen. Las palabras me interrumpieron muchas reflexiones.

– No, nunca –. Quería usar mi cepillo. Yo no quería que lo usara. Pero hay muchas cosas que no quiero a las que accedo por medio de un aguante estúpido. Injustificable al público. Lógica indiscutible para una emocionalidad sin fuerza, arruinada. No sé para qué lo quería. Era el colmo de la humillación. Límite del dominio de sus garras autoritarias. No se lavaba los dientes, o lo hacía muy poco. ¿Para qué?

Soportaba sus descuidos, tomándolos parte del ruido ambiental del tormento. No reparaba en su cabello pegoteado luego de uno o dos días sin pasar bajo el chorro fumigador del agua caliente (o fría, que sea). Ignoraba las uñas, de manos y pies, transmutadas a frituras orgánicas con cada milímetro de crecida, recolectando mugre del mundo, de la grasa corporal. Que no se lavara los dientes con la devoción distraída que yo le dedicaba al asunto, no era un tema. Soportaba los aromas, la tierra, la ropa sucia, en nombre de un suplicio merecido. Así lo creía yo. Así sobrellevaba la dictadura de su amor.

Para el ego (o la autoestima), era más simple hallarse como mártir, que entender la imbecilidad de un matrimonio desprovisto de significado. La autovenganza victimista armada por la imaginación. Mi ritual sagrado, antes de ir a su casa, de juntarnos para alguna recreación, acostarme a su lado o enfrentarme a su violencia sana del sistema mierdero, me envolvía en armaduras alucinantes, emprendía un viaje sedante; construía guiones para sus interrogatorios. Las preguntas. Aborrecía sus preguntas. Cuando veía ese brillo suspicaz en sus ojos de basilisco hambriento, sabía que se avecinaba una tergiversación literaria de la realidad. Nuestras discusiones fueron el mejor ejercicio para mi escritura. Inventaba lugares, personas, horas, días, paisajes. Velando por mis secretos, lo que hiciera falta para construir escenas que sosegaran sus ataques de celos, iracundos arrebatos paradójicos, envolvía mis andanzas en una red pesquera, atrapando las pocas burbujas de oxígeno que me dejaban respirar en el infierno de su compañía.

Encima, me pide el cepillo de dientes.

Cuenta sobre cierto día, justificando la petición, en que compartió cepillo con algún miserable que estuvo con ella antes que yo. Sobrevivencia, decía el descaro de la inmundicia. Y a mí, qué me importa. Yo no quería, y no podía decírselo. Insoportable. Mis pies descalzos. Su figura con poco más de metro y medio observando. El silencio con eco de los azulejos. Quería lavar mis dientes. Ella, lavaría los suyos. Todo con mi cepillo. Pobre cepillo. Las miles de bacterias encubiertas, las rendijas con gingivitis; caries, supongo; el hedor pútrido entre un diente y otro, las alimañas que no navegan en sus besos babosos, incrustándose en mi cepillo. Mío. Yo me enfrento a su mierda personal, y el cepillo ahora debía afrontar la mierda microscópica.

Desnudos, dedos bailoteaban a orillas de un abismo. Quiero saltar, y no salto. Quiero correr, y no corro. ¿Qué más da? La gran hermana que todo deseaba saber, esposa de mis peores tiempos, destruyó lo mejor de mí, sin querer (queriendo, amando) arruinó el arte, despedazó los amores, echó por el suelo las torres de mi fortaleza, por gusto, envidia, no sé, no le pregunté. Mis amantes intentaban comprenderme escuchando mis extraordinarias proezas.  Nadie podía entenderlo. Ni yo me comprendo. Odiaba el baño. La odiaba a ella. Odiaba mis pies sin zapatos. La alfombra mojada quién sabe con qué. El lavamanos lleno de restos de pasta y pelos de dudosa procedencia. Deprimente, y me pego el disparo en la sien.

– Úsalo –. Lavé mis dientes primero, resignación de la gallina al tronco. Enjuague. Toco las hebras bajo el agua. Nos abrazamos en la cascada. Au revoir bon ami. Pasarás a mejor vida. Quemaría sus restos consignados a las valkirias. Y el chic-chic satánico en la cueva bucal, retumbaba mis oídos.

Sí, éste era el colmo de la humillación. Sólo yo lo sabía, eso sí. Creo que ni ella, cepillando, sospechaba los avernos naciendo, y enjuagaba segura de este nuevo pacto, este nuevo escalafón en de su alcance. Ella se sentía íntima. Yo me sentía impotente. Asco. Sus cabellos pegoteados cayendo sobre el lavamanos. Y el cepillo violado.

Ya no había nada que fuera para mí. Contenía todo lo que quiso abarcar. La odiaba. Nos fuimos a acostar. Se durmió. Mucho rato mirando el techo en la oscuridad, rezando por el cepillo. Los secretos seguían siendo míos. No me defendí, no me defendía ¿para qué fugarse del irrevocable destino? ¿No era más fácil cumplir la sentencia en silencio que intentar una huida fallida que pagaría con creces en un futuro feliz? Creía en los pagos en vida.

Y esperando la abolición de esa unión malograda, mis secretos cantaban en sueños que consolaban el martirio. El espíritu del cepillo rondaba mi cabeza, me invitaba a la revolución. Lo siento bon ami, vivo mis culpas, sufro cada centímetro de la suciedad, porque lo merecía. Así lo creía. Así de imbécil.

Frase #88

Publicado: 11/09/2017 de bocadecenicero en Frases
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Google nos cuenta: “Desde el 2003, cada 10 de septiembre, la Asociación Internacional para la Prevención del Suicidio (IASP) y la Organización Mundial de la Salud (OMS) promocionan el Día Mundial de la Prevención del suicidio.” 

Y ya sea que seas un filósofo que se mata en la tina cortándose muñecas y tobillos, o un Henry solitario morido por pena, hacemos un mini homenaje, como las alucinaciones nos retrasaron las entradas, traemos un extracto de don Camus (que no nos cae muy bien), sobre el absurdo, matarse, y reconocer para morirse.

“¿Cuál es, pues, ese sentimiento incalculable que priva al espíritu del sueño necesario a la vida? Un mundo que se puede explicar incluso con malas razones es un mundo familiar. Pero, por el contrario, en un universo privado repentinamente de ilusiones y de luces, el hombre se siente extraño. Es un exilio sin recurso, pues está privado de los recuerdos de una patria perdida o de la esperanza de una tierra prometida. Tal divorcio entre el hombre y su vida, entre el actor y su decorado, es propiamente el sentimiento de lo absurdo. Como todos los hombres sanos han pensado en su propio suicidio, se podrá reconocer, sin más explicaciones, que hay un vínculo directo entre este sentimiento y la aspiración a la nada.”

-El mito de Sísifo, Albert Camus