Please, stop de musique.

Publicado: 09/04/2017 de bocadecenicero en Random
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Mi relación con la música nunca fue de las mejores. La casa de mi infancia no era muy sonora. Ya a fines de mi estancia en aquel hogar, cuando mi hermana llegaba a adolescencia y mi madre a la locura, se oían de vez en cuando alaridos de ambas partes, al bañarse, al hacer el aseo. No es que fuera del todo molesto, pero tampoco era lo que mis oídos inocentes estaban destinados a oír.

Con los años he logrado acercarme más a la música. Sin embargo, no la comprendo. Muchas veces me molesta. Pero igual la necesito para desarrollar ciertas actividades, como para caminar por la calle o para ignorar a la gente.

Una de las tiránicas instructoras voluntarias sobre canto que tuve alguna vez, se tomaba la música demasiado en serio. No menosprecio el arte, sería miope e intransigente de mi parte; no es eso. Sólo que la música, por alguna extraña razón, se ha extralimitado en sus alcances. Socialmente es superior a cualquier otra expresión más silenciosa. He conocido una buena cantidad de sujetos que juguetean con instrumentos (en su mayoría tocan la guitarra), unos mejor que otros. Un centenar de vocalistas (las féminas encabezan la lista). O simples coleccionistas aficionados al sonido, ¡cuál de todos más sordo!, aman cualquier música, siempre y cuando suene como el estruendo del juicio final; tal como el astronauta que llegó a tener más de 5000 canciones en un computador viejísimo (al computador había que ponerle el ventilador de la casa porque no funcionaba el suyo y se apagaba por recalentamiento, y nosotros nos cagábamos de calor sin ventilador; lo pasamos bien con esa maquinita). Todos ellos constituyen el 80% de la gente que conozco o he conocido, un porcentaje muy alto a mi gusto.

Recuerdo que en ocasiones ciertos músicos me presionaban constantemente a escribir canciones. Yo lo odiaba. No tengo ni pinche idea de cómo mierda se escribe una canción. Claro, si uno puede juntar una o dos frases, puede escribir a la perfección una canción que le llegue al alma de algún público determinado. Por supuesto. ¡Necedad! He visto a tantos malos músicos cantando canciones deprimentes que salen de sus extrañas mentes ególatras que les dicen “por supuesto, eres el mejor”, como la gente que sube sus selfies, o las fotos de sus horrendos bebés, los que se anuncian como un gran artista “hola, soy malabarista y me llamo Juan”, o los que escriben un blog de mierda podrido como toda la internet olvidada de la maldita buena tierra del señor. ¡¿Por qué tanta vanidad?!

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Yo no quería escribir una canción. He escuchado canciones que me han dado en  un nervio, y dudo mucho que yo podría alcanzar ese nivel de cercanía musical con los otros, o conmigo. Pero no hay como aplacar ese sentimiento de grandeza imaginaria que los músicos han desarrollado en el último siglo, o sea, los más pobres, o ignorantes, los siervos de la gleba de nuestra pútrida sociedad comercial desean ser futbolistas, modelos, grandes personajes de la televisión con senos tiesos enormes y cerebros pequeños, burdos cantantes populares en casos más talentosos. Mientras que los niñitos cultos, intelectualoides de tomo y lomo, ovejas fuera del rebaño, pero ovejas al fin y al cabo , soñamos con ser estrellas de rock, hippies amados por la multitud, cantar a las injusticias con tonadas complejas y emotivas, llenos de talento y pasión. Uy. Sí, nos iremos de gira, y la meta será Japón, la cúspide de la existencia por medio de nuestro melodioso andar.

Pero claro, esta clasificación sólo se aplica a los soñadores sin remedio. Puesto que la gente un poco más compuesta, con los pies bien puestos en la mierda, sueñan con carreras lucrativas, bienestar económico familiar, vacaciones a los paraísos bien pagados.

No nos sentimos tan afín a la música. Sí, nos gusta escucharla. Sí, también soñamos con dar un concierto ante un público que nos amaría. Pero desgraciadamente, a nuestro entender, el talento no nos acompaña, y mucho menos la pasión. ¿Cuántos se sentirán así?

El ‘mal’ músico me da tanto o más miedo que un mal escritor o un mal dibujante. Por lo menos con los últimos dos uno aprende lo que no tiene que hacer. Pero un mal músico es una ratilla astuta que logra poner en desarmonía los oídos, de alguien, de quien sea, de gentes que no son tan difíciles de encontrar, a diferencia de los parturientos de las malas esculturas o el mal teatro. Producen desconfianza esos ukeleles inocentes, el yembe de la buena onda, una dulce voz que nos aterra por su descaro imprudente, penetrante, invasivo. Un libro no lo lees y ya, cierras los ojos y la pintura se esfuma, pero una canción te persigue, una horrible mal formación genética nos impide cerrar los oídos para olvidar que el llanterío está ahí. Se te pega la letra, la melodía te busca con sus pegajosas manotas. La pesadilla de escuchar todo el tiempo.

Recuerdo a un don Ricardo (no ocultaremos su nombre esta vez, era un buen sujeto), que me enseñó lo que a Lisa le enseñó su maestro de música “Hasta el concierto más noble puede ser despojado de su belleza”. Este profesor estaba tan obsesionado con la idea de la difusión de la música (como si la Tierra necesitara más ruido), que insistía en que todos tocaran instrumentos, por muy feo que fuese el instrumento o por muy bruto que fuese el alumno, no, él no era capaz de decirle a los adolescentes en proceso de formación de una personalidad delimitada, que eran una papa para la música, tubérculos insipientes y deprimentes. Ese Ricardo me destrozaba los nervios y los oídos con su orquesta de aullidos agónicos de malas voces con instrumentos que suplicaban perdón, cada vez que irrumpía en sus dominios. Nunca nos llegamos a entender. Era un buen sujeto, como dije, pero esa insistencia en la uniformidad del arte, me repelía un poco.

¿Han odio hablar de aquellos que de repente les gusta sentarse a escuchar música?; y sólo eso, se la pasan en youtube o spotify, chequeando canciones nuevas, sufriendo nostalgias con las antiguas. Impensable. O en las chinganas de la juventud, en momentos donde ya no hay de qué hablar, porque de todos modos nos teníamos, ni tenemos, ni tendremos nada que decirnos entre los asistentes, más que mal queríamos estar drogados o ebrios sin sentir tanta vergüenza o soledad, y la música suena, y uno que no empatiza con el bullicioso silencio de la música en el fondo de una escena vacía, se toca las manos, mira a los asistentes a ver si alguien se le ocurre algo de qué parlotear. No señores, eso es desesperación pura.

A modo de conclusión hemos decidido devolver un poco de dignidad al arte más vaciado de todos. En nuestro entender, la música es un ácido aderezo para las imágenes, que las hace más sabrosas, más dichosas. Las imágenes solas no son tan exquisitas, a diferencia de lo que su pretenciosa presencia intenta decirnos. Las músicas nos hacen salivar demasiado, tienen un gusto raro. Pero una buena imagen junto a una buena música, es una gloria orgásmica.

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