Yo y yo.

Publicado: 28/06/2017 de bocadecenicero en Historias de interés

Quería escribir sobre alguna cosa entretenida. Sobre cualquier cosa. Pero tenía atravesado en la cabeza un padecimiento ladilla que me tenía al borde del colapso. No tenía la seguridad de publicarlo, aún las ideas son confusas y hay ciertas conclusiones ridículas de las que no estoy en un cien por cierto de acuerdo, y la señorita Virginia Stephen recomendaba no publicar cosas de las que te podrías arrepentir; no hay que menos preciar el trabajo.

El comité concluyó que se debía publicar para darle continuidad (y por ende, seriedad) al asunto éste. Además, tenía la idea de que una vez que se superara la traba mental, acabaría la pausa creativa, liberando así todas las palabras que querían ser liberadas, cual virus mortal, y no podían porque ésta otra andaba atravesada, una aberración antibiótica del pensamiento.

Vengo a escribir de algo triste, o de una alucinación irracional que desde esta perspectiva se siente angustiante. Una avenida de los sueños rotos, suponiendo que la recorriera yo, ha de ser llamada la andanza de una joven que ha estado ocupando mis pensamientos en los momentos que me baja la dicha cristiana de la compasión. No se trata de ser sentir pena por el prójimo, es más bien una empatía, un je ne sais quoi, de pronto sólo es que uno se siente importante, lo suficiente, como para pensar en la vida de otros seres y armarse un criterio basado en especulaciones absurdas. A tanto prejuicio le faltaría el orgullo ¿no?

¿Quién no se ha creído dueño de la verdad?

Aquellos pensamientos muchas veces nos pueden llegar a trastornas al punto de que llegas a soñar con que construyes una máquina del tiempo y navegas al infinito y más allá para reparar ciertas causales del presente. Sería un buen súper poder, y de seguro acabaría usándose para el mal.

La joven de la que hablábamos, fue en su momento una compañera de parrandas, de esos amigos que sólo vez cuando tienes alcohol a la izquierda, cigarrillo a la derecha. Nada del otro mundo. En el tiempo en que nuestras andanzas nos interconectaban de peculiares maneras que no vale la pena mencionar hoy, se desarrolló un cierto aprecio de mi parte hacia su descarriada persona. Por razones que son de un complejo debate político, no he acabado de entender nuestro afán de emocionarnos con esa gente rebelde a desarrollar, una anarquía desbordada e infundada, llena de ensueños incoherentes.

Más aun tratándose de alguien con tanto potencial, veía en sus ojos la libido de quienes persiguen el placer, la buena vida, el mal dinero, el gran arte. O que no persiguen una mierda. Hablábamos de inhalar pegamento, de recorrer el mundo de farra en farra, de conquistar el estrellato no se sabe cómo, si nunca hacíamos (ni hacemos) algo.

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Recuerdo que siempre me contaba sus cagadas, y mientras, pensaba en lo mucho que le hace falta más gente así al mundo. Esos neuróticos del control, el oportunismo, obsesos del dinero, nos están matando. Supongo desarrollé el aprecio sólo por pensar puras huevadas.

Ella cantaba. No sé si cante ahora, por eso digo cantaba.

Perdimos el contacto durante años, y hasta hace poco volví a saber de ella. Cante o no cante, el glamour de su espíritu, hoy por hoy, no son más que un nostálgico recuerdo de aquellos tiempos.

Cuando éramos más jóvenes, te entregabas a ciegas a la posibilidad de ser famoso, millonario, exitoso, y todas esas mierdas apocapitalistas que le llenan la mente a los más brutos de nosotros, con ideas sobre ser estrella de rock, vivir rápido, morir joven (y no sé si dejar un cadáver gordo…).

Informarse para saber en qué andaba fue como salir del útero, caer de cara al mundo, romperte la nariz, rasparte los labios, y luego mirarte todos los días en el espejo lo atrayente que te vez con el rostro inflamado lleno de costras. Una mierda, en palabras menos parabólicas (y menos pretenciosas). Cuando crees que podrías reconocer a otro enfermo delirante como tú, de pronto vez que ese camino del sin fin de posibilidades, de las no metas, acabó en una vida miserable, mediocre, una depresión medio rara medio inverosímil, post maternidades, por supuesto, no podía faltar, que se encarga de hacérnoslo notar todos los días, publicando su lamento ante los ojos del mundo por medio de la risa colectiva. Transmitiendo un cansancio de fines de una cuarta década, cuesta creer que podríamos tener la misma edad. Un grito de auxilio, no cabe duda. Pero… ¿Qué clase de rescate necesita? ¿Necesita en realidad un rescate? Y de ser así ¿De qué quiere huir?

Quizá exagero, podría ser. Mi lamento sincero, a ratos me suena una pueril proyección de lo que sentiría yo en sus zapatos. Atrapada en una ciudad extraña, con un pseudo marido inútil, trabajando en un empleo esclavizante, poco lucrativo, para alimentar a dos hambrientos polluelos buitre, que no se podían aguantar las ganas de eclosionar dentro de mami y salir a desmadrar el mundo.

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No dudo que ame a sus pequeñas réplicas. No, no es eso. Analizando sus lamentos, me da una impresión muy extraña ¿puede alguien amar a sus hijos sin amar ser madre? No conozco a mucha gente que se alegró al segundo uno de ver el test en positivo. Porque ser madre (entrando a generalizar) debe ser una mierda (no muy parecido a ser padre), histórica, política, mitológica, microcalifragilística y socialmente hablando la figura engendradora se ha derretido, acabando en un charco de sinsentido y explotador.

No digo que no podría ser la bendición del siglo traer a otro humanoide, con nuestra misma cara, a sobre-poblar a la pobre Tierra, haciendo valer el derecho a la alquimia de la creación femenina (que se ha desvalorizado de su significancia inicial, una lástima), el poder moldear la vida de forma inconsciente, multiplicación celular en las entrañas, los únicos de la especie que pueden mantener otro espíritu dentro de sí (o decidir no tenerlo); debe ser lindo tener ganas de trascender por medio de tus genes pasándote por el culo milenios de supuesta selección natural; seamos un poco más realistas (o pesimistas).

La muchacha ha logrado traspasarme una idea (que su tergiversación, si es que la hay, debe ser producto de un umbral lleno de imaginaciones risibles) de que su lamento consiste por el hecho de ser madre, por el hecho de lo que la sociedad toma por madre, de lo que su familia ha pensado con respecto a su joven maternidad.

Y no una cualquiera. Una madre joven, que huyó de casa muy joven para la época del exitismo financiero. Alimentarse uno mismo, alimentar a dos pequeños, no es compatible con la libertad en un mundo que exige tanto y da tan poco a cambio.

Una triste madre, que se transformó gracias a la desgracia del coito juvenil de finalidad reproductora (anticoncepción masculina, un chiste; sólo cuando conviene, el bebé se forma a puro óvulo), cayó en las garras del siclo natural/religioso, que encima debe trabajar, gracias al monópoli de la existencia occidental de por aquí ‘abajo’, ya no sólo deja de ser mujer para ser medio madre, sino que además pasa de ser medio madre, a ser medio nada por perder la existencia en algún garito que nos ofrece en la libre elección neoliberal dentro de la burocracia sistemática. Vivir a merced de clientes miserables que te tratan como si fueran los dueños del mundo y la verdad. Y adivinen qué hace la pobre mujer trabajadora al volver al hogar, se las da del hobbie favorito del encanto de los cincuenta, andar de nana, puta y sirvienta hasta desmayarse de cansancio viendo televisión en la cama, ¡sin cobrar un peso! A eso le llamamos: amor al arte. ¿Y por qué? Porque el compañero it’s a men, posee valiosas necesidades, que deben ser suplidas a como dé lugar, pero el muy bruto no sabe hacer ni agua caliente y le importa un carajo que su compañera se haga jirones, su descanso, su trabajo, su individualidad, es más importante que cualquier humanidad que provenga de ella. Como para tener ganas de ser una dama heterosexual parturienta.

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Amas los huevos, pero odias a la gallina que hay en ti, odiar tus propias plumas y tus muslos ponedores, pasar de ser un polluelo amarillo, guapo y ambicioso, joya de la humanidad, a ser la Doña Nada de Don Nadie, atrapada en un laberinto de desesperación y embrutecensia. ¿Habrá otras que se sientan así? Las antepasadas de la humanidad (pero bien atrás en el tiempo), vomitarían de rabia a ver las cargas que aún pesan sobre las hembras menos afortunadas, quién se habría figurado este escenario, que vivirían de las formas más estúpidas bajo su condición que ya no es creadora sino una simplona carga para la humanidad.

Parece morir en vida por desprenderse, por permitir que los parásitos, hijos, marido, se alimentaran de su existencia ya precaria por los partos. Como si nunca les hubiesen cortado el cordón que los conectó, por primera y única vez, a la hembra de su especie. Como si en verdad la ‘virilidad’ fuera parasitaria, alimentándose de un ser vivo. Hay algunos que necesitan todo un imperio para saciar a la sanguijuela.

Cada vez que figura el rostro de aquella muchacha en mis pensamientos fugaces, me llena una sensación de culpa, una culpa estúpida, pero culpa al fin y al cabo. Infundada. Por desaparecerle, no verle, no hablarle. Como si hubiera sido culpa mía sus fortuitos embarazos, otros tantos infortunios, que parecen haberle trastornado el alma.

Podría estar exagerando. Más que mal en mi cabeza estos pensamientos con respecto a la visión torcida que tengo sobre la muchacha, no suenan tan matones ni depresivos. Es una especie de sensación extraña verle en ‘decadencia’ siendo tan joven.

Que ganas de tener esa maldita máquina del tiempo. ¿La usaría?

Que ganas de que ser madre le permitiera seguir siendo persona. Porque lo es, pero el medio no le deja que se dé cuenta. Además de parir con dolor, tendrá que vivir con un estigma, santa madre del hombre, que de tan santificada, se te agrietó el traje humano, pareces una aparición. No me gusta. Podrías ser más. Ni siquiera ‘más’, podrías ser tú, siempre tú.

Una vez discutía aquello con alguien cuya madre se desvivió para darle la vida como el señor manda. <<Es una condición mamífera>>, decía en ausencia de sororidad, <<la hembra se destruye para dar vida, es algo natural>>. Como si nunca antes hubiéramos logrado manipular la naturaleza. Como si no conociéramos ciertos secretos, como si no pudiéramos observar, aprender, cambiar. Porque es algo natural cuando le conviene a quien le convenga. Los odio.

¿Recuerdas cuando cantabas? ¿Recuerdas cuando matabas un tiempo que te encantaría resucitar? Debería ser así. Cada vez que una hembra deja de ser humana, muere un gatito. Cada vez que un ser libre quiere recorrer la buena Tierra (nuestro hogar) y de pronto se encuentra apernado por la existencia de un nuevo ser humano que le obliga a abandonar la idea de cualquier aventura (como si los críos no quisieran conocer el planeta), porque así lo dice no sé quién mierda, en ese momento, justo en el instante que ellas sienten su vida truncada (por el motivo que sea, mil causales), un sol explota, una estrella se desvanece, un planeta se extingue, un gatito hace combustión espontanea. Del asco. Como para llorar hasta la náusea.

Me estoy confundiendo. Es complejo describir el escenario que se presenta. Pensar en todo lo negativo que puede significar para ella llevar una existencia como la ha estado llevando el último tiempo, quizá está siendo juzgada de una forma injusta, subjetiva, poco empática y muy estúpida, actitud carcunda, el gusto de andar metiendo la nariz en el porvenir ajeno, y no para ayudar, sino para hacer sentir peor a la gente. Me siento peor también.

Quizá sea porque tengo arraigadas ideas bobas sobre la conexión con el yo, vivir en el bosque, mamá naturaleza te lo da, vinimos al mundo a reírnos, y huevadas por el estilo. Siento rabia, me da rabia ver que a alguien en su situación. Me recuerda la desigualdad, pensar que ella se pudre en un caserón cualquiera mientras algún otro palurdo se deleita por tener la suerte del capital. Me enferman.

A veces me gustaría pescarla, gritarle que se pegue un Nora y mande a la cresta la pocilga de muñecas. ¿Cuántos don Juanes no hicieron lo mismo?

Decirle que se vaya a la punta del cerro, al fondo del mar, a la orilla del universo, invitarle una cerveza (aunque no me guste la cerveza), salir a bailar (aunque no me guste bailar), decirle que sigue viva, que no es justo, que su situación es precaria y que no es un destino inquebrantable, una mala suerte que está siendo sondeada de una triste manera. ¿Cuántas muchachas hemos visto, usted o yo, agobiadas por la carga de una maternidad sin sentido? ¿En qué momento una cría se transformó en un estigma? ¿Cuántos fueron engañados con la falacia de la preservación de la especie en pos de la ruindad de un individuo? ¿Dónde quedan las decisiones personales? A algunos se les ocurre una manera muy estúpida de vivir, y nos condenan a todos. Todos a la mierda. Todos en la mierda.

Mientras tecleaba, he pensado que quizá ella no está tan mal como parece. Se alegra de su proyecto de vida. De su existencia, que para ella no es precaria, ni insoluble, ni muchos menos un martirio. No queremos meterles cosas en la cabeza, quiero pensar que está bien llevar un destino forzoso, por deprimente que parezca, no muchas están libres, lo último que el prójimo necesita es lástima y críticas destructivas.

Ojala que el par de pequeños bichos le compensen de alguna forma el sacrificio.

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