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La no-sátira de Mamizilla.

Publicado: 25/03/2014 de bocadecenicero en Historias de interés
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Este blog, querido lector, fue creado sin fines de lucro, sin fines políticos, sin fines en realidad. Una forma de desahogo (propio y colectivo… aún esperamos el colectivo) de la manera más satírica, artística, patética, no sé, como usted quiera llamarlo, posible.

Hace mucho que no hablamos de temas de interés mundial, y debe ser porque nos hemos involucrado mucho con mis historias, demasiada historia de interés quizá. Pero nos es imposible no venir y echar un par de puteadas a alguien que quizá nunca lea esto, pero… ¿qué importa?, Van gogh murió sin vender un maldito cuadro, nosotros moriremos sin ser leídos.

Pero aquí estará, hay que ser feliz sabiendo que estará aquí y que alguien en alguna parte del globo lo leerá y sufrirá con ustedes la ira que se siente a ratos, por ser persona iracunda por genética, o por mera crianza mimada.

No sé por donde comenzar, en primera instancia pensaba escribir sobre Mamizilla, el nombre se me ocurrió por una película que ni puta idea como se llama, que vi hace mucho años, sobre unos chicos que eran adictos a los comics, chicos en plena pubertad, que iban en un colegio católico donde había una profe que era monja, y los trataba como el hoyo, la única manera que estos muchachos tenían de burlarse de la susodicha era mediante los dibujos de comics que hacian ellos mismos; así, dibujaban a la pandilla como héroes con super poderes, y a la monja la dibujaban como la malvada Monjazilla a destruir, a derrotar, ya saben, el bien contra el mal.

Desde esa vez, hace muchos, en donde vi esa película, que quedé con eso de la venganza con medios ridículos como una caricatura o una historia de sátira.

A los dictadores les ha dolido más un afiche burlesco que mil personas muertas.

Si tuviera un poco más de valor iría a plasmar a las calles muchas caricaturas que alguna vez hice sobre los super villanos en mi historia, como las innumerables profesoras de educación física, o el último director de colegio al que tuve que verle le cara.

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Después, pensé con altura de mira, como dice mi padre, con un poco más de madurez como dice mi hermana, con un poco más de mate como dice mi abuela, con la cabeza fría como digo yo… ¿Por qué escribiría sobre Mamizilla? este personaje que he creado, lo detesto, siempre que lo veo en la calle me dan ganas de sacar mis super poderes y destruirla, como cuando Jean en x-men le separa toda sus putas células al profesor Charles Xavier. Pero tengo que tragarme todo, como siempre, y seguir mi camino con mil ideas de destrucción en mi cabeza.

Mamizilla no es más que la representación de todo lo que podría odiar de la mujer chilena promedio. No es un odio por ser mujer, sino por cómo esas locas se pronunciaron ante uno. Una madre obesa, que no trabaja, que cocina con mil condimentos, que jura sentar un matriarcado a base del miedo y del poderío vaginal de su enorme presencia, empujando al frente sus enormes senos deformes por la edad, por la autoridad y la leche, asquerosos senos que huelen a ungüentos y talco, senos envueltos en lana que raspan su piel dejando salir un apestoso aroma a sangre envenada y pus lleno de agua bendita. Las vírgenes Marías mutiladas de su humanidad, por la maternidad. Las que no se vuelven sumisas, se tornan peligrosas. De seguro yo soy todo lo que ellas odian de la sociedad joven de hoy en día. Eso es lo bonito de la vida, odiar y ser odiado, porque cuando tu odio no es correspondido, suele doler un poco. ¿Cómo hacerles entender que yo podría estar de su parte?

A veces me imagino en una especie de Led4dead matando Mamiszillas, con una metralleta que bala tras bala les revienta la cabeza en una orgía de sangre y dolor; pero después se me ocurre que eso es un tanto psicópata y misógeno, y que un psicólogo apestoso y freudiano leerá esto y pedirá que me encierren en un lugar como en el que termina el señor Nicholson. Mmm… qué tan malo puede ser?, supongo que no es muy atrayente eso de la lobotomía.

Dudo que pueda sacar mi espada y enterrársela en la panza a una Mamizilla, realmente me quedaría ahí a mirar sus cabellos de lana sobre su piel de reptil venenoso, daría media vuelta y me iría a la carretera, donde sale lo mejor de mí. Da vergüenza, un poco, admitirlo, nos odiamos, sin embargo, ellas son necesarias para la existencia. Me habría gustado usar los poderes para liberarlas antes de que se deformaran. Almas perdidas criadas en lo profundo de las minas Moria, bajo el alero de sus hombres y sus hijos, que ahora ventilan su deformidad a la luz. No puedo dispararle a un ser que actúa según su instinto, como reventarle la cabeza a un pobre perro encerrado y maltratado toda la vida, que ahora se alza para comerme.

Alguien ha dicho que yo soy quien se busca los problemas, puede que tenga razón, fui yo quien entró al nido de Mamizilla a molestar a sus huevos que le cuelgan bajo sus senos, ¿se la están imaginando? Rompí un par de yemas, y desparramé unos cuantos litros entre tanta quebrazón de huevo. Os juro, querido lector, que esta vez actuaba desde la inocencia… no, saquemos ese termino tan feo, esta vez actuaba desde la ignorancia, porque las veces en que no he sabido algo, siempre acabo mal… supongo que por ahí va mi obsesión por querer saberlo todo. 

Así que mi dilema entre escribir una sátira con un humor que les da risa sólo a nosotros, seguía vigente. Quizá era la hora de madurar, y ser como el sujeto de Trainspotting, que a final de cuentas te da la jodida lección de vida que o te vuelves un drogadicto que se caga en los pantalones o te amargas la vida en ese espectro al que llaman sociedad. Momento de dejar la sátira y escribir sobre el amorsss heterosexual y la falsa bipolaridad de las unicornias de hoy en día.

Fue entonces, que entre un café y un trocito de chocolate derretido por el agua caliente en mi boca, recordé que una vez conversando con la Sensei, me dijo que jamás había que dejar se hacer sátira, menos alguien como que tiene las manos lo suficientemente despiertas como para que la sátira se entienda, ya saben, no como los tristes monitos de palo de mi hermana, que son enfermizos, dan ganas de matarlos a penas los crea, uno sabe que están sufriendo por la expresión en sus rostros de blanco papel.

¿Cómo me podría comenzar a burlar de Mamizilla?, ya el echo de ponerle ese nombre es una buena burla, a mi gusto, al menos sé que si ella lo viera le herviría el agua bendita que gotea de su pútrida conciencia; así que me puse a gozar con el echo me imaginarmela así, como la he descrito todo el rato. Yo con una risa enfermiza, totalmente esquizoide por esta idea tan absurda de burlarme sola, en las pulcras paredes de mi cuarto, atorada por tanto fumar en la ventana con este frío otoñal.

Al menos sé qué tengo, que a pesar de que me lleguen mil bombardeos en esto a lo que algunos llaman la vida real, debo mantenerme firme y reír, reír con ese humor raro, con las manos en la carretera, porque no puedo renunciar, por alguna razón que no reconozco bien hoy, no puedo, no quiero, no me entra en gana, quizá he abierto las puertas de la intolerancia, pero creo tomar con mas responsabilidad, ¿qué hay de los que transforman una sátira en un símbolo de odio?

Para concluir, y no ponerme tan cursi, además de saludar cordialmente, os digo que me importa un jodido pepino Mamizilla y sus huevos.

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El Astronauta

Publicado: 16/02/2014 de bocadecenicero en Historias de interés
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“Eres lo que yo siempre quise ser, tocas la guitarra, rebelde, te desapareces de tu casa y… ¡eres una chica!” –El Astronauta.

El Astronauta es un muchacho que conocí hace ya muchos años. En la tierna infancia, de esa que siempre recordaremos y que hoy en día nos ayuda a no ser asesinos en serie y a odiar la adultez. Él siempre jugaba con las Barbies de su hermana mayor, en esa maravillosa etapa de los 3 añitos ambiguos, no se confundan, no porque el muchacho tuviese un problema con su identidad sexual desde chiquito, simplemente creo que es porque le gustan las chicas y le gustaba ver chicas entre sus juguetes… ¿A caso no creen que hay algo más gay que un chico haciendo “cosas de hombres”?

Fuimos creciendo, ambos, entre juegos de Carioca hasta las 3 de la mañana, al ritmo de un viejo cassette de mezclas, de esas canciones que se grababan desde la radio, y que estabas como un jodido enfermo esperando todo el día para poder grabar. Como el Astronauta y yo éramos los últimos de la cadena alimenticia, teníamos que estar como reverendos idiotas con un lápiz Bic girando la cinta del cassette para rebobinar, ya que el botón que cumplía dicha función estaba averiado. Ritmos que nunca olvidaremos, que se quedaron entre paredes de madera en nuestra memoria.

Esos juegos de videos, simuladores de vida, esos a los que no teníamos acceso por ser demasiado geniales(?). Bueno, no, pero aún así nos conformábamos con ver como los grandes jugaban y nosotros teníamos que esperar a que nadie tuviese ganas para meterle manos al control. Aún así, nos entendíamos con ese injusto sistema.

Cuando el sol pegaba fuerte, nos quitábamos los zapatos para correr como dos locos imaginando que estábamos más allá de lo que cualquier nave espacial puede alcanzar, nuestra imaginación no tenía límites. Siempre acabábamos dentro de un enorme barrial o arriba del techo arrojando cosas al suelo. Por las tardes ya era hora de dejar de ser salvajes, bañarnos, ponernos ropa decente y participar de alguna actividad de los adultos en los que siempre estábamos en medio, sin decir mucho, sólo observando, riendo, pensando en que haríamos en la noche. Y llegada la noche, una muchacha intimidante se dirigía al video club para arrendar películas que veíamos una y otra vez, para acabar riéndonos como imbéciles de alguna irreverencia o alguna crueldad que nos izo gracia. Nunca entendieron nuestro humor.

De vez en cuando, el Astronauta nos invitaba a una nave espacial que nos llevaba a una dimensión paralela, donde él y yo éramos un par de personajes asexuados llamados Pepe, no tengo idea de donde sacábamos las ideas para nuestras tonterías, no tengo idea de donde las sacamos aún. De vez en cuando corríamos al estero a nadar, y bueno, el Astronauta de seguro pensaba que era un jodido sireno, ya que el muy bruto me dejó aburrida con su fascinación poco sana con esa odiosa película de Disney “La Sirenita”. De vez en cuando íbamos a la cola de una hilera cerro arriba, mirando esas imágenes religiosas que con la ternura de la edad no entendíamos ni nos interesaba entender. 

Fuimos creciendo, cada vez nos acostábamos más y más tarde, porque el par de mentes inquietas que poseemos nos impedía conciliar el sueño, y por las mañana nuevamente andábamos hueviando por el mundo. Una manera inentendible de entendernos, los adultos siempre reían de nuestra manera de comunicarnos, a través de juegos, de dibujos, de plasticina y diálogos eternos de películas que memorizamos sin querer.

Pero llegó un día, un momento más bien, porque para serles sincera, no recuerdo la fecha, nunca la recordaré, en la que en nuestro hermoso mundo, más allá de la imaginación comenzó a quebrarse. Queríamos volver a correr descalzos por el barro, queríamos volver a poner barquitos de papel en el torrente de agua que pasaba por la calle, volver a temerle a esas películas de terror que ahora sólo nos causan gracia. El Astronauta parecía negarse a volver a la Tierra, y un buen rato estuvo girando y girando en su órbita, cantando …por galaxias navegar... Yo mientras tanto perdía el control de la gravedad, y me estrellé de cara contra ese duro cemento que tienen ahí abajo. Dolió. Pero no acudí al Astronauta. Durante unos años no supe de él, de vez en cuando, miraba hacía donde están los satélites, con la cara un poco más sana, esperando verlo al menos, pero rápidamente bajaba la vista, ni yo sé porqué.

Llegó un maravilloso verano, en el que retorné a ese lugar donde nos conocimos él y yo. Parecía más viejo o más grande, o será que tenía tanto cabello dentro del casco que no lo reconocí bien, pensé que quizá había olvidado esos juegos, tardes enteras creando universos, personajes e historias, incluso un idioma propio!! Esa tarde no nos reconocimos.

Llegada la noche comenzó a aflorar esa mentalidad tan especial que siempre nos unió, ahí supe que dentro de ese casco trizado con esos tanques oxidados seguía estando el Astronauta que conocí hace tantos años, ese con el que mirábamos las estrellas de noche, tapados con una frazada, mientras avanzaba esa extraña nave espacial entre los mil baches de un camino mal pavimentado, ese con el que girábamos en un platillo volador comandado por la fuerza de mi hermana, y no dejábamos de girar hasta que nos daba jaqueca.  No dormimos por reconocernos, ni esa, ni la siguiente, ni ninguna de esas noches.

Eramos los mismos idiotas de siempre. Teníamos intacto el mundo imaginativo que siempre nos caracterizó, y la pasión cinéfila parecía agudizarse. Fue una época hermosa para ser adolescentes. Él siendo un melomano de mierda, con su cafetera que lo llevaba a lo más recóndito del universo, era como tener un sistema apestado, algo así como el cyber mal de diogenes, y ese cassette que alguna vez escuchamos en esa radio rancia arriba de un mueble, ahora estaba completito y más allá para renovar y crear recuerdos todas las noches, todas las tardes. Ese video juego ahora estaba en mis manos con disposición inmediata. Películas, muchas muchas Películas. Era algo así como el paraíso con internet y 36° de calor xD.

Así retomamos ese lugar que teníamos hace años, un poco más aterrizado, pero no por ellos menos loco.

Echo de menos al Astronauta, hace mucho que no veo su odiosa cara sonriente dentro de ese casco tan dañado, ni oigo esas deprimentes, ultra deprimentes y mamonas melodías que tanto le gustan. Hace mucho que no lo estreso, ni que nos reímos de la mala fortuna de algún personaje. De todas formas sé que cuando nos vemos será como siempre, aunque tengamos mil años seremos los mismos idiotas de la infancia, no sé por qué, debemos generar alguna reacción química en nuestro cerebro que a ambos nos hace retroceder mil años, o es que a caso seremos siempre los mismos? podremos vivir sabiendo que todos cambian, menos nosotros?

No importa, querido Astronauta, ambos sabemos que hasta la tumba, si es que tenemos tumba, seguiremos riéndonos al unisono, burlándonos de este odioso mundo que nos creó como un par de depresivos endógenos que nos reímos para no llorar, y cuando lloramos es para seguir riendo, suerte donde quiera que vayas, que yo te admiraré de la extraña manera en que tú me admiras, porque tenemos un lazo sanguíneo que nos hace ser más que un par de buenos amigos.

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